jueves, 26 de marzo de 2015

El perrito

A veces los cuentos no tienen un final feliz.
Desde que comienzas las primeras páginas te vas dando cuenta que esa historia va a acabar mal. Érase una vez una familia que rebuscaba en el cubo de la basura de un gran supermercado. Esperaban educadamente que terminasen la limpieza del local y sacaran el cubo, manjar de sus desgracias, de su propia vida, de su apatía. para ponerse a rebuscar.
Pero esta no era una familia cualquiera. Él, serio, deambulaba a pasos cortos por la puerta, dejándose llevar por una respiración seca y sonora la mayoría de las veces de tanto pensar y otras, por el rugido de esas tripas que tanto cuesta llenar. Los demás miembros de esta pobre familia eran su mujer, y dos chavales, ella y él, que parecía no estar del todo bien, sus gafas enormes con lente gorda le delataban como miope, aparte de ve tú a saber que enfermedad congénita o formal que hacía que sus movimientos y tics fueran un tanto extraños. No llegaba ninguno de los dos a quince seguro. Dos trolley desvencijados esperaban ansiosos ser llenados de alguna vianda, pitanza pobre pero al menos legal. Entre estos dos carros temblaba un perrito color canela de los que llamamos "salchicha", un teckel sieteleches para los más instruidos aporto yo.
Y llegaba el momento. Esto se repetía todas las noches, lloviera o no, excepto los domingos porque no hay mercado ni basura en la que rebuscar. Aquella noche llovió. Llovió mucho, casi toda la noche, poca ropa seca les quedaba, sus ojos goteaban lágrimas de hambre tal vez. Entonces miré. Busqué entre los dos carritos, ¿el qué? preguntaréis, ¡estoy pensando en el perro!¡Pobre, con este agua que está cayendo! Y no estaba.
De reojo intenté buscarlo otra vez, pensé, "han hecho bien, lo han dejado con la lluvia en casa" y seguí hacia mi destino.
Pero esa noche no pude dormir, no pude dejar de pensar en el perrito, no lo quiero olvidar. Sé que los cuentos no todos tienen un final feliz aunque amigo lector, te juro que mañana vuelvo a esa cita y espero encontrar al perro entre los dos carritos porque sino, directamente cogeré del pecho al hombre y sin más le preguntaré... ¡No os lo habréis comido!

Como no puede ser de otra manera siendo esta una historia en curso y real, espera al desenlace porque teclado no me va a faltar. Ni ganas de cambiar el curso a un cuento, ni hambre ni ganas de llorar.


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